Una biblioteca encantada / Julio Alberto Vargas

Prólogo

Ya no recuerdo cuándo conocí a Julio Alberto Vargas. Solo sé que lo he visto en la biblioteca de la Cárcel Distrital, semestre tras semestre, durante estos casi cuatro años en que hemos ido allá con estudiantes de la Universidad de los Andes.

En cada proyecto de educación, arte y cultura que hemos propuesto, él ha participado de forma inmediata. En una propuesta de fotonovela que aún está en desarrollo, lideró el proceso y coordinó el talento de cada una de las personas que le acompañan en su privación de libertad. Juntos llegamos a un boceto de cada escena que todavía guardamos, esperando el día en que podamos retomarlo.

Y así ha sido con muchas otras iniciativas. Julio posee un resorte creativo admirable: apenas se enuncia el ejercicio, se pone manos a la obra. Conecta su cerebro a su mano y, a falta de computador, escribe, dibuja, organiza ideas, conversa. En el transcurso de la semana en que no nos vemos, se interna en esa habitación propia de la creación, en un espacio donde la soledad es imposible. En algunas ocasiones lo he visto compartir esa celda imaginaria con un par de compañeras del anexo de mujeres, creando juntos.
Son pocas las iniciativas que hemos podido llevar a buen término. Hemos pecado de ambiciosos y solo cuando mi desorden lo permite, cuando un grupo de estudiantes cumple y los órdenes superiores de tiempo, espacio y lugar lo acolitan, se dan las condiciones para sacar adelante un hecho creativo que pueda hacerse público.

No me siento cómodo sumando un incumplimiento más a los múltiples que ya debe soportar cada persona privada de la libertad. No quiero añadir otra espera a un reloj que está detenido y tan dañado que, en ese día eterno del presidio, solo parece marcar las horas dos veces de forma efectiva: cuando ocurre la captura y cuando llega la libertad.

Julio Alberto Vargas siempre ha sido paciente conmigo. Nos turnamos para ser el maestro y es mucho lo que me ha enseñado, tal vez más de lo que él conoce. Es una persona atenta, memoriosa, activa y proactiva, aguda y humorista, humana en toda su dimensión. Gracias a su impulso creativo vive en el aquí y ahora de la Cárcel Distrital, y ha sabido encontrarle salida a este confinamiento a través de una riqueza creativa que, para mí, hoy lo hace un millonario.

En La biblioteca encantada, esta edición de la serie Libros Libres, Julio Alberto Vargas usa su libertad para recordarnos que una persona privada de la libertad —o “pé-pe-eles”, como gusta a alguna institucionalidad afanada en abreviar la designación para no tener que decir “persona” o “libertad”— no pierde el derecho al derecho que sirve para expresar la importancia de todos los otros derechos: la libertad de expresión.

Cuando cada persona privada de la libertad se toma el tiempo para darle forma por vía del arte a lo que quiere decir, es en ese instante cuando las personas, todas las personas, son libres.

Aquí estamos ante tres fragmentos de su voluntad de expresión: un primer ensayo sobre qué pasa en una biblioteca dentro de un sistema carcelario; otro ensayo que gira en torno a eso mismo, pero donde un anecdotario atrapa instantes de memoria, caras y cuerpos, y los viste con un ropaje reflexivo y analítico; y el último, una entrevista hecha para un periódico, donde Julio Alberto Vargas da la cara —por ser inocente— y hace a un periodista espectador de su vida y obra diaria. Pero en vez de marcar esas rayas que ponen los presos en las caricaturas, queda claro que estamos junto a una persona que marca los días con libros como este, por donde se escapa a través de una vía digna sembrada de arte a los costados. Una vía donde espero continuar con él: aquí, ahora y luego, cuando su cuerpo salga de este lugar, pues su ser, como el de todo ser vivo, ya es libre de esta y de tantas otras cárceles.

—Lucas Ospina
Profesor Asociado, Universidad de los Andes, Bogotá