Diario de Lecumberri

Estas páginas reúnen, gracias al interés y amistad de Helena Poniatowska, el testimonio parcial de una experiencia y la ficción nacida en largas horas de encierro y soledad. La ficción hizo posible que la experiencia no destruyera toda razón de vida. El testimonio ve la luz por quienes quedaron allá, por quienes vivieron conmigo la más asoladora miseria, por quienes me revelaron aspectos, ocultos para mí hasta entonces, de esa tan mancillada condición humana de la que cada día nos alejamos más torpemente

Lecumberri es una prisión de la ciudad de México donde el poeta colombiano Alvaro Mutis estuvo, según lo especifica en este libro*, recluido durante quince meses. El Diario quiere ser «el testimonio parcial de una experiencia y la ficción nacida en largas horas de encierro y soledad. La ficción hizo posible que la experiencia no destruyera toda razón de vida. El testimonio ve la luz por quienes quedaron allá, por quienes vivieron conmigo la más asoladora miseria, por quienes me revelaron aspectos, ocultos para mí hasta entonces, de esa tan mancillada condición humana de que cada día nos alejamos más torpemente».

El breve libro está compuesto por cinco fragmentos de un diario -crónicas de episodios y de personajes de la cárcel- y por tres relatos: Antes que cante el gallo, Sharaya y La muerte del Estratega. Estos últimos, por razones que luego veremos, son desconcertantes y hasta cierto punto decepcionantes; más significativas dentro de la obra de Mutis, dentro de las características de su personalidad de escritor, son las narraciones, más o menos realistas, agrupadas bajo el rótulo de Diario.

Hasta la fecha, la obra de Mutis se componía exclusivamente de poemas: La balanza (una «plaquette» de la que eran autores él y Carlos Patiño), Los elementos del desastre (publicado en Buenos Aires por la Editorial Losada), y la Memoria de los Hospitales de Ultramar (publicado en 1959 en Bogotá, como una separata de la revista Mito). Mutis no se ocupó nunca, hasta donde sabemos, en el periodismo, no incurrió nunca en la crónica ni en la presuntuosa trivialidad de la crítica o del ensayo. Y, sin embargo, los libros de Mutis habían creado entre sus lectores la expectativa de una gran prosa. Sus versos, por razones que ahora se han revelado ineptas, parecían anunciar una prosa narrativa o discursiva sobresaliente -al menos dentro de la decorosa pobreza de la prosa colombiana…

Los tres cuentos -o como se les quiera llamar- de este libro, son, a mi entender, la exacta realización de la hipótesis «Mutis prosista» a que nos incitaba la lectura de «Mutis poeta». Y el resultado es casi insignificante; tales relatos -la pasión de Cristo en un escenario tropical y contemporáneo, el monólogo interior de un asceta hindú, un militar en el imperio de Bizancio- corresponden a los esquemas formales de las poesías de Mutis; trasladados al campo de la narración resultan enfáticos, verbosos y vagos; no son cuentos; son vivencias poéticas infladas, empobrecidas por la aceptación de una lógica y de una coherencia intrusas.

En cambio, los otros episodios del Diario de Lecumberri, las anécdotas de la vida carcelaria y de sus personajes, narradas en un tono totalmente distinto, nos dan un atisbo del talento de Mutis cuando se enfrenta francamente al oficio, a la peculiaridad de la prosa. El Diario nos habla de una plaga que cayó sobre la prisión, espectro nuevo en una vida de terrores: la heroína falsificada que circulaba entre los reclusos y cuyo empleo les resultaba mortal; de un avaro «personaje de Balzac», cuyo vicio exuberante alcanza a contaminar, en forma material, las nada asépticas paredes de Lecumberri; de «El Palitos», el drogómano afeminado de 22 años que, muerto, «me recordó un legionario del Greco»; de Rigoberto Vadillo, otro personaje fabuloso que en una noche de lluvia y de intoxicación le enumera una larga, escalofriante e increíble cadena de asesinatos; de la congregación de seres taciturnos que se tornan locuaces sobre sus miserias y sus sueños al conjuro de las salas anónimas del baño de vapor. Aquí, los relatos de Mutis se ende-rezan hacia el realismo; más que de su propia imaginación, quiere dar testimonio de realidades y de imaginaciones ajenas. Y, sorprendentemente, esta constancia modesta de las sordideces y de los delirios de unos pobres seres resulta al mismo tiempo mucho más alucinante y mucho más concreta que las ambiciosas incursiones del autor por el campo de la eternidad y de las mitologías. La verdad de lo visto y de lo vivido en Lecumberri se transforma literariamente en una realidad simultáneamente horrenda y seductora; lo que quiso ser una descripción escueta se convierte en poesía.

—Hernando Valencia Goelkel

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