Educación detrás de las rejas (College Behing Bars)

«College Behind Bars, una serie de documentales en cuatro partes dirigida por la galardonada cineasta Lynn Novick, producida por Sarah Botstein y con la producción ejecutiva de Ken Burns, cuenta la historia de un pequeño grupo de hombres y mujeres encarcelados que luchan por obtener títulos universitarios y dar un giro a sus vidas en uno de los programas de educación penitenciaria más rigurosos y eficaces de Estados Unidos: la Bard Prison Initiative.

Rodada durante cuatro años en prisiones de máxima y mediana seguridad del Estado de Nueva York, la película de cuatro horas de duración lleva a los espectadores a un viaje crudo e íntimo por uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo: nuestra incapacidad para ofrecer una rehabilitación significativa a los más de dos millones de estadounidenses que viven entre rejas. A través de las experiencias vividas por los estudiantes y sus familias, esta es una historia innovadora sobre el encarcelamiento, la injusticia, la raza en Estados Unidos y el poder transformador de la educación. Plantea cuestiones que debemos abordar urgentemente: ¿Para qué sirve la cárcel? ¿Quién tiene acceso a las oportunidades educativas? ¿Quién de nosotros es capaz de alcanzar la excelencia académica? ¿Cómo podemos tener justicia sin redención?»

Vea los cuatro programas acá: https://www.pbslearningmedia.org/resource/college-behind-bars-video-gallery/college-behind-bars/kenburnsclassroom/


Foráneos

El primer capítulo de College Behind Bars me hizo pensar en las similitudes que tienen los estudiantes foráneos de la universidad con la forma de vida de los presos que acceden a los programas de educación en EE. UU.

Foráneo es venir de afuera (¿la libertad?), es no ser del lugar y, por tanto, extraño. Foráneo/a llaman en la Universidad Nacional a todo aquel que no es de Bogotá. Soy uno de ellos. Entrar en esta categoría social implica a la vez reafirmar constantemente el lugar de procedencia, como también lo hacen las personas entrevistadas en la serie, pues terminar en la universidad o en la cárcel no escapa de un contexto dinámico y complejo en el cual se nace o crece. Sin embargo, el capítulo nos reafirma que nunca es tarde para sobreponerse al mismo, donde la educación es puesta como esa ruta que permite hacerlo.

Me llamó la atención el cuarto de las personas privadas de la libertad y el parecido que este tiene a los de la mayoría de foráneos que conozco, donde en una pequeña habitación encuentran un lugar en el nuevo mundo al que llegaron, el cual se compone de lo necesario: una cama, un armario, una mesa, una silla, ropa, algunos libros y cuadernos académicos, afiches, fotografías, dibujos, y, si se tiene suerte, un baño privado y una ventana por donde entre el sol. Allí se estará mientras se cumple el tiempo en la institución, en la cual, si se es bueno, puede ser poco.

La mayoría son jóvenes. Israil tomó una mala decisión a sus cortos 17 años y terminó condenado a más de veinte años de prisión; un joven de alguna región del país, entre los 16 y 18 años, debe asumir la decisión de escoger una carrera universitaria que lo comprometerá los siguientes 5 años de su vida. Ambos tendrán que dejar su vida y empezar una nueva; se les otorgará un número (código), algunas personas de la entidad pasarán lista para asegurarse de que estén allí, soñarán con la vida fuera de ese lugar, sufrirán estando allí, pero al final, se espera, ambos saldrán.

—Gabriel Avella

Echoes

Los internos inscritos en el programa tratan de aprovechar el tiempo que tienen para aprender y preparar un futuro. Nunca se permiten olvidar que esto es la cárcel pero no es de por vida. La primera secuencia (los primeros 20 minutos) es para mí la parte del episodio que me ha quedado grabada, especialmente esta escena.

La escena con Jule Hall, que tenía su BA es la que resonó conmigo. Él dice que le gustan los estudios alemanes debido a la historia de Alemania. Para mí, se sentía como un eco a su vida personal, pero también a las vidas de los otros presos. Hall explica que es la importancia de aprender de los errores que cometen y pagar el precio que compensa lo que hicieron en el pasado. Es un paralelismo con la sentencia que los internos están cumpliendo por sus crímenes. Desde mi perspectiva, ver la primera secuencia casi me hizo sentir como en una vida universitaria. De libros a «dormitorios» y ruido a lugares llenos donde no se puede enfocar correctamente y esperar hasta la noche para poder empezar en sus trabajos casi me hizo olvidar que estaban en prisión.

Las clases, cómo estudian y aplauden parece algo que haríamos en la universidad regular pero aunque se hace eco de la vida de los estudiantes «normales» hay una realidad y una dificultad que existe. A menudo nos sentimos atrapados por la universidad, casi como si no pudiéramos escapar de ella. Observando a los reclusos, se nos da una oportunidad que ellos buscan y a menudo la toman por sentada. Las cerraduras y las puertas cerradas son casi una representación de lo dura que será la vida. Para nosotros es una metáfora, pero para ellos es la vida real y aún así no puedo evitar encontrar un parecido en nuestras vidas. Todos buscan una renovación, todos tratan de hacer algo de sí mismos y donde en los casos de estos estudiantes la cárcel es el obstáculo, en otros casos sería la distancia, la desigualdad de derechos o la pobreza.

— Dounia Sheima Ayachi

El privilegio de estudiar

Esta escena demuestra una realidad importante, y es que como en Colombia, en EEUU la mayoría de las personas encarceladas corresponden a una población de bajos recursos que, por sus condiciones, les fue difícil acceder a la educación. En este sentido, la participación activa en el programa, el compromiso y la constancia demuestran que, si el Estado garantiza condiciones y entornos mínimos de acceso educativo, la historia de muchas de estas personas puede ser distinta. Esto es debido a que la deserción estudiantil es mayor cuando se trata de personas en condición de vulnerabilidad, pues ellos terminan respondiendo a las necesidades de su cotidianidad, como lo son el hambre, la defensa a la hostilidad, el abandono familiar e institucional, entre otros.

Volviendo a la escena particular, puedo llegar a concluir que la pasión con que las personas acuden a la universidad en la cárcel es porque les abre la puerta a nuevos mundos, a una posibilidad de dejar las labores manuales y físicamente desgastantes que llegan a ver como repetitivas y aburridas. En cambio, la universidad les brinda nuevos conocimientos que los prepara para lograr tener mejores condiciones al finalizar su condena y así evitar caer en ciclos de reincidencia que los obligue a volver a prisión.

—Lizeth Escobar Salazar

Dar una oportunidad a quienes no la han tenido

Tras muchos años de debate, Estados Unidos ha hecho posible que los presos puedan estudiar.

Poder estudiar es tener la esperanza de un futuro más allá de la cárcel.

Poder estudiar es abrir las puertas a empleos distintos del de técnico de mantenimiento.

Poder estudiar significa escapar del ajetreo cotidiano de la cárcel, y tal vez contribuir a reducir la tasa de suicidios en las prisiones.

En este episodio, los presos revelan su pasado. Y vemos que no todos han tenido el privilegio de trabajar en condiciones decentes. Si nadie les empuja a estudiar, es una montaña más que escala para acceder a la enseñanza superior.

La meritocracia no se da a todo el mundo. Todos venimos a este mundo con un capital cultural y económico diferente. Lo que damos por sentado no es para todos, es un «privilegio». Pero, ¿cómo se consigue estudiar en este lugar?

Una habitación de no más de 10m2 es un lugar indecente para trabajar. Cada preso crea su propia apariencia de «despacho». Encontrar una mesa lo bastante grande para escribir…

A pesar de las dificultades para estudiar, al final tendrán una segunda oportunidad para hacerlo. Es parte de su rehabilitación.

Dar una oportunidad a los que no la tuvieron.

—Alycia Coraline Thomas

Entre represion y opresion

Este capítulo nos muestra parte de lo que es la educación “superior” dada en algunas cárceles de New York, en Estados Unidos. A pesar de que este experimento aún no está a la escala que se debería, proporcional a la cantidad de personas presas de la libertad, este proceso de desaprender para transformar vidas y rehabilitarse en sociedad tiene muchos puntos positivos a resaltar.

“Lo que hago hoy puede afectar lo que alguien más es capaz de hacer mañana”, dijo una de las privadas de la libertad que hacía parte en ese entonces del proyecto educativo. Es decir, o te la pasas contando cuántos días, años, horas, faltan para que esa realidad presente cambie y salgas en libertad o inviertes en tu espíritu. No sabemos lo que se siente perder toda libertad, sobrevivir sin vivir y lo difícil que es tratar de hallar esperanza y concentración en algo que no sean las 4 barreras que te rodean. Lo que sí sabemos es que estamos en una sociedad que deshumaniza a los presos y quieren a toda costa protegerse de la inseguridad, buscando confianza en culpar al “malo”. Es por esto que creo en la reinserción, planteada como una solución dignificante a través de la educación, la posibilidad de vivir de nuevo y además tener las herramientas para independizarse y reconocerse como ciudadano.

Tal y como con los niños, cuando aprenden a hablar, a comer, a entender sus emociones, está confirmado que la solución cuando ellos no saben qué hacer ni cómo controlarse no es encerrarlos, agredirlos o privarlos de beneficios. Para hacerme entender mejor, qué egoísta es mirarnos las manos, todos los aprendizajes, caminos diferentes y aciertos y querer a partir de nuestra cosmovisión encerrar a aquel que muchas veces no ha visto otros caminos. No significa que uno haya recorrido mejor o el camino correcto, si no que desde este privilegio educativo no podemos guardarnos las posibilidades de construirnos en pensamiento. Que bonito promover y compartir el conocimiento, no estancarse si no presentarlo como un pincel para que estas personas construyan un paisaje menos deprimente.

—Shaiel Gastelbondo

El poder creador del lenguaje

El poder de las palabras para alguien que ha tenido el privilegio de estudiar toda su vida puede ser insignificante, leer libros de los autores más ilustres de todo el mundo puede resultar parte de la cotidianeidad o incluso hablar más de dos idiomas, de golpe, es considerado algo común y corriente. Es por esto que la escena que capturó mi atención de la serie documental «No One Ever Taught Me Any of That» fue el momento en el que el prisionero González expresó que su periodo dentro del programa Bard Prison Initiative ha sido completamente valioso, ya que ha desarrollado la habilidad de “poner en palabras sistemas y situaciones que reconocía durante toda su vida, pero no tenía un nombre para éstos, tales como hegemonía y alienación”. A partir de esto, fuí consciente del poder que concede la educación, ya que nos permite apropiarnos del lenguaje y nos otorga la posibilidad de nombrar fenómenos y dinámicas sociales, lo que, a su vez, pareciera que incluye un poder creador.

En los sistemas penitenciarios los prisioneros son una tuerca más de un engranaje que los ha expropiado de su identidad, uniformándolos y recluyéndolos en cuatro paredes con el utópico objetivo de que esta es la única forma de garantizar su “rehabilitación”. Sin embargo, esto resulta contradictorio, puesto que cumplir una pena de muchos años en prisión no asegura la reinserción social de una persona, sin embargo, en este texto no entraré en el debate sobre las finalidades de la pena. A lo que quiero llegar es que el hecho de confinar los cuerpos de los prisioneros no implica que sus mentes también estén encarceladas y que su capacidad de expresarse libremente se encuentre encadenada.

Es por que las palabras del prisionero me cautivaron en cuanto despertó en mí esa conciencia de los múltiples universos que se desbloquean con la educación y las habilidades críticas que se desarrollan. En este sentido, todo el aprendizaje adquirido por los prisioneros es lo único que no puede ser expropiado por el sistema carcelario, el cual les ha arrebatado todo lo demás. En una realidad donde los reclusos se han acostumbrado a escuchar qué está bien y qué está mal, a seguir órdenes, este programa educativo les da la oportunidad de alzar su voz y expresar su opinión. Es así como la capacidad de nombrar las cosas implica una habilidad creadora y crítica que se obtiene mediante la educación.

—Laura María Boyano

La tranquilidad en la oscuridad

En este momento del capítulo, el recluso habla de cómo el encuentra su momento de estudio a las 3 de la mañana, ya que es el momento en el que el ruido y la agitación de la cárcel logra calmarse. Es en momento en el que él logra sumergirse en sus estudios, buscando poder escapar de la dura realidad que lo rodea las 24 horas del día. Sin embargo, en mi opinión este horario tan tardío para poder estudiar puede llegar a tener consecuencias negativas a futuro en su salud y bienesta

La falta de sueño es algo que se debe tener en cuenta, ya que esta puede afectar su atención, concentración, memoria y hasta su estado de ánimo. Lo que a su vez todo esto puede afectar su rendimiento académico y su capacidad para rehabilitarse lo más pronto posible. Además, de por si el ambiente carcelario con sus ruidos rutinarios como los de los guardias, las cerraduras, los gritos o demás cosas, pueden distraerlo fácilmente haciéndolo aún más difícil para el mantener su enfoque.

De igual manera estos obstáculos no son suficientes para detenerlo, este recluso se aferra a su momento de silencio y tranquilidad, sabiendo que es su única oportunidad durante el día para avanzar en su educación y mejorar su futuro. Para mí, su determinación es admirable, pero también me parece importante este recordatorio de las dificultades que enfrentan los reclusos para acceder a una educación adecuada y a una vida saludable.

—David Frattini

Soñar como niño

¿Quién no soñó con ir al espacio alguna vez? Tal vez una mejor pregunta sería: ¿quién no soñó alguna vez? A medida que crecemos, esos sueños cambian, pero siempre permanecen en algún lugar dentro de nosotros. Como niños, soñábamos sin límites. Sin embargo, a veces la vida nos aleja de esos sueños, aunque no desaparecen. Este episodio nos muestra que, incluso detrás de las frías paredes de una prisión, donde la realidad impone sus cadenas, el eco de esos sueños persiste.

La imagen del astronauta en la pared no es solo un recuerdo, sino un símbolo de esperanza. Aunque la vida limite nuestros cuerpos, el alma sigue volando. Por ende, la prisión, en su sentido más metafórico, no es de ladrillos y acero, sino el olvido de quienes fuimos. Esto me recordó ese fuego interior, muchas veces alimentado por las emociones de la infancia. Aunque tal vez él nunca sea astronauta, recordar ese sueño probablemente lo ayuda a seguir adelante. Supongo que no se trata solo de alcanzar los sueños de la infancia, sino de volver a soñar sin limitaciones, como cuando éramos niños. Incluso estando encerrado, seguirá soñando con una realidad mejor

—Mónica Alejandra Caicedo

¿Qué será que los ricos quieren todo regalado?

Rob Astorino, republicano cuyo patrimonio neto sobrepasa los cuatro millones de dólares, se mofa de decir que le propone a su hijo de 10 años ir a robar un banco cuando cumpla 18 años para que vaya a la cárcel a acceder a educación superior “gratuita”, gracias a la propuesta del ex-gobernador Andrew Cuomo. Aquellos neoliberales que ven los derechos como negocios, no comprenden cómo ofrecerle educación a personas privadas de la libertad resulta en una opción económica para promover la reinserción en la sociedad y prevenir la reincidencia, cómo aporta a los reclusos como individuos y les permite conocer otra realidad aparte de la delincuencia. Si les respondemos que todo ciudadano debería tener acceso a educación gratuita en todos sus grados se van de para atrás, preguntan por qué queremos todo regalado si esas cosas se ganan con trabajo y esfuerzo, bajo la excusa de una meritocracia supuestamente existente.

Como sociedad se ha construido la idea de que los centros de reclusión están hechos para castigar, pues efectivamente así funcionan en la mayoría del mundo, y se cree que a partir del miedo de caer en una prisión la gente no va a cometer crímenes, ¿pero eso ha servido de algo? Bien lo vemos en el fragmento del capítulo que le da nombre al mismo, donde Giovannie Hernández habla de cómo crecer en un ambiente hostil le llevó a terminar encarcelado, porque nadie le enseñó qué hacía un ciudadano como parte de la sociedad y solo conocía el crimen. La educación para personas privadas de la libertad no es ofrecerles un privilegio que el resto del mundo no merezca, por el contrario, es creer en su poder transformador y creer en que todos los individuos como parte de una sociedad deberían poder acceder a ella.

—María Jose Martínez

Un refugio contra la soledad

La vida de las personas privadas de la libertad experimenta una profunda transformación al ingresar en prisión, un entorno que impone un cambio drástico en su cotidianidad y en su relación con el mundo exterior. La reclusión no solo implica una separación física de la familia, los amigos y el lugar de origen, sino también un aislamiento emocional y social. La soledad en prisión es innegable, un sentimiento que se intensifica con la distancia de aquello que alguna vez consideraron su hogar.

No obstante, dentro de este entorno desalentador, donde la rutina, el encierro y la monotonía parecen ser lo único presente, surgen inesperadas oportunidades de crecimiento personal y redención. La educación, un derecho fundamental que muchos no tuvieron la oportunidad de ejercer en libertad, se convierte en una fuente de esperanza para quienes se encuentran encarcelados. Este proceso de aprendizaje trasciende lo meramente académico y se convierte en un agente transformador, donde los internos descubren en el estudio un camino hacia el autoconocimiento y el desarrollo de nuevas habilidades, lo que les permite imaginar un futuro diferente.

En este contexto, la prisión se convierte en un escenario de redescubrimiento, donde la educación mitiga la soledad de las personas privadas de la libertad, al ofrecerles un sentido de propósito y conexión con el mundo exterior. El impacto de la educación en prisión es profundo: los internos no solo adquieren conocimientos, sino que también fortalecen su autoestima y recuperan un sentido de propósito. A través del aprendizaje, comienzan a ver un futuro más allá de las rejas, uno donde la reintegración en la sociedad es viable y donde el conocimiento se convierte en la llave para abrir nuevas puertas y construir una vida más digna. De este modo, la educación en prisión se presenta no solo como una oportunidad académica, sino como una herramienta de esperanza y resiliencia en medio de la adversidad.

—Valentina Oliver

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