Desde acá sin acá / Jose Alejandro Mosquera

Prólogo

Desde Acá Sin Acá es un libro que nace desde las entrañas de una realidad que muchos prefieren ignorar: el mundo carcelario.

José Alejandro Mosquera nos invita a un viaje íntimo y descarnado a través de relatos que son, a la vez, desafíos literarios y testimonios de vida. Con una advertencia inicial que funciona como provocación —”Este es el peor escrito que han tenido ante sí”— el autor nos reta a mirar más allá de las palabras, a buscar la esencia de lo humano en espacios donde la humanidad parece haberse extraviado.

Este no es un libro convencional. Es un salpicón de historias, como él mismo lo define, donde se entrelazan la memoria, el dolor, la resistencia y la esperanza. Mosquera escribe desde un lugar físico y emocional marcado por la privación de libertad, pero paradójicamente, sus palabras son un ejercicio de liberación absoluta: cuando Mosquera escribe es libre. Cada texto es un acto de rebeldía contra el olvido, contra el silencio, contra la invisibilidad de quienes habitan tras los muros.

Los relatos de esta colección transitan entre géneros y tonos con una libertad que refleja el estado de ánimo de quien escribe sin las ataduras de las convenciones literarias. Encontramos desde la evocación sensorial de “Maracuyá” —donde el sabor de una fruta se convierte en puente hacia la infancia y la familia— hasta la crudeza testimonial de “¿Para qué llorar?”, que nos sumerge en la experiencia del encarcelamiento con una honestidad brutal.

Mosquera no busca la piedad del lector. Su escritura oscila entre la poesía (“Lloran”, “Dulce”), la reflexión filosófica (“Existencia”, “Libertad”) y la narración descarnada de la vida en presidio. Hay humor negro en “Recomendación”, donde reimagina las fábulas de Rafael Pombo en contexto carcelario; hay orgullo identitario en “Soy negro”, un texto contundente sobre la herencia africana y la resistencia histórica; y hay vulnerabilidad en “Pensando en ti” y “Aprendí”, donde el amor se abre paso entre los barrotes.

El texto que abre el libro, “Desafío”, es quizás el más revelador: es un enfrentamiento con la página en blanco, ese espacio “cruel, despiadado” que el escritor debe conquistar cada día, ese despertarse luego del sueño que puede ser liberador, para encontrarse inmerso en un sistema de rutinas, órdenes y paredes. Este combate íntimo con la escritura se replica en “El escritor”, donde Mosquera satiriza las exigencias del mundo literario y reivindica su derecho a escribir desde su propia voz, sin academicismos ni concesiones.

En “El Actor”, el autor explora la transformación que produce el arte —específicamente el teatro— en la vida de un recluso. Un obra teatral se convierte en metáfora de redención, en posibilidad de ser otro, aunque sea momentáneamente. Esta búsqueda de identidad permea todo el libro: ¿Quiénes somos cuando nos despojan de todo? ¿Qué queda cuando nos arrancan el nombre, la libertad, el futuro? ¿Cómo ver la detención, a pesar de las interrupciones constantes y la imposibilidad de estar a solas, como un momento lúcido y recuperado para la introspección?

Varios textos funcionan como cápsulas de memoria donde los sentidos activan el recuerdo: el sabor del maracuyá, el agua caliente de una ducha, las lágrimas que por fin pueden fluir. Estos momentos de reconexión con lo humano son actos de resistencia frente a un sistema que deshumaniza. El agua fría de las duchas en “¿Para qué llorar?” se convierte en símbolo de las pequeñas crueldades cotidianas, pero también de las pequeñas victorias: cuando finalmente llega el agua caliente, no hay llanto, hay canto.

Desde Acá Sin Acá es un libro imperfecto, como lo anuncia su autor, pero es justamente esa imperfección la que le otorga autenticidad. Mosquera no pretende ser un escritor consagrado; es un hombre que escribe para sobrevivir, no se vive del arte, pero se sobrevive gracias a esa práctica que le ayuda a mantenerse vivo mentalmente, para no desaparecer en la masa uniforme de “los naranjas”, como se autodenominan los reclusos en la Cárcel Distrital de Bogotá, un presidio tan sólido en su cromatismo que no hay nada color verde.

Su dedicatoria a su familia —Blanca Inés, Dorio Alejandro, Tatiana Fernanda— nos recuerda que detrás de cada recluso hay una historia, vínculos rotos, amores interrumpidos. Y su epígrafe, “Se esclaviza la carne, o el cuerpo, pero jamás, se podrán esclavizar los pensamientos”, es la declaración de principios que sostiene cada página de este libro.

Invitamos al lector a aceptar el desafío que nos plantea Mosquera: a leer con atención, a buscar entre líneas, a no dejarse vencer por la aparente desorganización del texto que no es más que un retrato real del gran malentendido de la existencia. Porque en este salpicón de historias late un corazón que se niega a dejar de latir, una voz que se niega a ser silenciada, un espíritu que encuentra en la escritura su forma más pura de libertad.

—Lucas Ospina
Profesor Asociado, Universidad de los Andes, Bogotá